La división acompaña al Perú desde su nacimiento. Se trata de una tragedia anterior a cualquier candidato o movimiento político, una maldición de la que necesitamos sacudirnos.
Cuando Francisco Pizarro arribó a estas tierras, en 1532, encontró al Tahuantinsuyo desgarrado por la guerra entre los hermanos Atahualpa y Huáscar. Cientos de miles de muertos y un poder exhausto. Muchas culturas no incas —huancas, cañaris, chancas, tallanes y yungas— vieron en los españoles una oportunidad de liberación y se aliaron con ellos. Fue una guerra civil entre peruanos de distinta procedencia que los conquistadores aprovecharon.
Esa fractura jamás se curó. Como ha recordado con lucidez la historiadora Carmen McEvoy, en entrevista con César Hildebrandt, en el siglo XIX, después de casi cada elección sobrevenía una guerra civil. La República nació condenada a esa lógica destructiva. Un ejemplo ocurrió en plena Guerra del Pacífico: en diciembre de 1879, mientras el país era invadido por Chile, Nicolás de Piérola dio un golpe de Estado contra el presidente constitucional Mariano Ignacio Prado, proclamándose jefe supremo, declarando traidor a Prado e impidiéndole regresar al país durante varios años. Prado había viajado para comprar armamento que, pese a todo, logró hacer llegar al Perú. Piérola profundizó la división interna cuando más unidad se requería.
El pensador francés Ernest Renan, en su ensayo “¿Qué es una nación?” (1882), explica que lo que cohesiona a un pueblo no es la raza, la lengua ni la geografía, sino dos elementos espirituales: la posesión en común de un legado de recuerdos y, sobre todo, el deseo presente de vivir juntos. En el Perú, ese segundo elemento es prácticamente inexistente; y no tenemos una memoria compartida porque nuestra historia, pasada y reciente, ha sido alterada al servicio de la división.
En este escenario de mentiras, es difícil construir un destino común, porque cada elección es apenas un intento de venganza. A ocho días de la segunda vuelta, esa maldición histórica se disfraza de democracia. Y ya se gestó la gran mentira del candidato Roberto Sánchez, que se presenta como un “outsider”.
Sánchez es un burócrata que vive del Estado desde hace años. Se ha desempeñado en la administración pública, en cargos gerenciales municipales, y luego saltó al Congreso y a dos ministerios. El hombre ha transitado por diferentes niveles del Estado durante más de una década. Fue ministro de Salud y ministro de Comercio Exterior y Turismo durante el gobierno del golpista Pedro Castillo, donde su gestión estuvo marcada por la mediocridad y denuncias de irregularidades. Hoy, como congresista, representa la continuación riesgosa de ese ciclo. Llama a Castillo “preso político” e insiste en convocar a una Asamblea Constituyente. No promete unidad, sino mayor división con un salto al vacío.
Quienes acusan al fujimorismo de “polarizar” mienten, porque nuestro país ha estado dividido siempre: Lima contra el interior, costa contra sierra, blancos contra cholos, ricos contra pobres y un largo etcétera.
Aceptémoslo: somos un mosaico de resentimientos que prefiere destruirse mutuamente, culpando al otro.
Fuente: Martha Meier M.Q , 30/05/26
