El maestro de la imaginería continúa la tradición que aprendió de su padre, Jesús Urbano Rojas.
Ahora, en su taller Retablo Mágico, mientras los aviones rasgan el cielo chalaco, Jesús Urbano Cárdenas continúa trabajando a diario. Lo ayudan sus hijos Jesús y Katherine, y su esposa, Ana María Arévalo. Sus dos nietos juegan con la masa, con el pincel, corren, gritan, vuelven a concentrarse. Tal vez conformen la cuarta generación de retablistas. Al verlos, Urbano recuerda su propia infancia. “Yo paraba en el taller de mi papá con mi tío Faustino, agarrando las cositas, jugando, malográndoselo todo”.
El paterfamilias, Jesús Urbano Rojas, aprendió el oficio del maestro Joaquín López Antay (1897-1981). Algo le tendría reservada la providencia porque se rebeló a dedicarse, como sus hermanos, a la chacra. Prefirió irse chiquillo nomás de Huanta para trabajar en la ciudad de Ayacucho. Cuando laboraba como jardinero conoció a López Antay, ya una eminencia. En corto, le pidió que lo tome de ayudante y le enseñe el arte de los retablos. El maestro no daba su brazo a torcer. Poco a poco, ganaría su confianza y terminaría como su ayudante.














