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SUPLEMENTO “VARIEDADES ": JESÚS URBANO CÁCERES Y EL LEGADO DE LOS RETABLOS AYACUCHANOS

 


El maestro de la imaginería continúa la tradición que aprendió de su padre, Jesús Urbano Rojas.


Soplo de vida. Las manos de Jesús Urbano Cárdenas moldean y dan vida a decenas de miniaturas que juntas hacen multitudes en plazas, fiestas, procesiones. Va a cumplir 71 años y realiza similar trabajo que su padre, don Jesús Urbano Rojas (1925-2014), El caballero del retablo, el primero de esta estirpe de artesanos homónimos y talentosos. Hay un consejo que le repetía y recuerda: “Tienes que hacer lo mejor que puedas, nunca entregues cualquier cosa. Ahí está la garantía de tu trabajo”.

Ahora, en su taller Retablo Mágico, mientras los aviones rasgan el cielo chalaco, Jesús Urbano Cárdenas continúa trabajando a diario. Lo ayudan sus hijos Jesús y Katherine, y su esposa, Ana María Arévalo. Sus dos nietos juegan con la masa, con el pincel, corren, gritan, vuelven a concentrarse. Tal vez conformen la cuarta generación de retablistas. Al verlos, Urbano recuerda su propia infancia. “Yo paraba en el taller de mi papá con mi tío Faustino, agarrando las cositas, jugando, malográndoselo todo”.

El paterfamilias, Jesús Urbano Rojas, aprendió el oficio del maestro Joaquín López Antay (1897-1981). Algo le tendría reservada la providencia porque se rebeló a dedicarse, como sus hermanos, a la chacra. Prefirió irse chiquillo nomás de Huanta para trabajar en la ciudad de Ayacucho. Cuando laboraba como jardinero conoció a López Antay, ya una eminencia. En corto, le pidió que lo tome de ayudante y le enseñe el arte de los retablos. El maestro no daba su brazo a torcer. Poco a poco, ganaría su confianza y terminaría como su ayudante.

Don Joaquín le enseñó a escoger las papas y a cocinarlas en un brasero especial. Luego, con el tubérculo molido se trabajan las figuras que son el alma de los retablos.

“Todo se hace a mano, sin moldes. Como mi papá, solo utilizo un cuchillito. Nada más. Es mi herramienta de trabajo”. Jesús Urbano Cárdenas va dándole forma con ese instrumento a las figuras; a sus manitas, a sus pies. Después, vestirá a estas “personas desnudas”. Les pondrá chullos, sombreros, ponchos, camisas.

Critica a los nuevos retablistas, que buscan llegar a la perfección usando moldes de jebe. Y el artesano, simplemente, se dedica a decorar o a darle un buen pintado a las extremidades. “La idea de mi papá y la mía es no llegar a la perfección. Los turistas quieren comprar algo que con tu criterio lo hagas a mano”, dice.

Pero todo se transforma. La creación de los retablos ha ido cambiando. Si hoy se hacen con yeso finito, antes, en Ayacucho, se debía cernir el yeso de construcción. Muchas horas de trabajo para sacar de 20 kilos solo puñados de material cernido. Las figuras también tenían otro procedimiento: se pintaban con hierbas que los propios artesanos hervían.

En el pasado, las cajas de los retablos se construían de las maderas de embalaje de pino en las que llegaban los motores de las maquinarias desde Estados Unidos. Se pegaban con cola de carpintero y se amarraban sin prensa, con sogas.

“Mi padre me dejó una valla muy alta. Fundó una escuela para formar artesanos en Ayacucho, fue el primer retablista en salir al extranjero y visitó muchos países. En 1964 fue condecorado con la Orden del Sol en el Grado de Caballero por el presidente Belaúnde. Y a fines de los años noventa la Universidad Nacional Mayor de San Marcos lo nombró doctor honoris causa. Además, escribió un libro de memorias con Pablo Macera [Santero y caminante, de 1992], traducido en muchos países. ¿Se puede “traducir” un retablo? Por supuesto, cada retablo es una forma de representar, por ejemplo, las festividades”.

Su padre era muy famoso y Jesús Urbano Cárdenas decidió desarrollar un camino independiente en el retablo. Hoy se reconoce su estilo propio, innovando en la temática y figuras de distinto tamaño que son una metáfora de las clases sociales. Siempre vuelve a Ayacucho para no perder el contacto con las festividades, que siempre oxigenan sus ideas. Y también hace retablos personalizados. “Me traen una foto o cualquier cosa; me va dando una idea y yo voy plasmando todo eso”.

El turismo empezaba a crecer en Semana Santa en Ayacucho y con él el negocio, pero el terrorismo de Sendero Luminoso hacía vivir en permanente zozobra. Era mejor migrar. En 1985 se vino con su esposa a Lima. “Solo trajimos una cocina primus y un par de ollitas. Y hubo un poco de sufrimiento acá, pero lo bueno es que el retablo no necesita mucha herramienta”, explica.

Ese año fue invitado por vez primera a Chile, donde ganaría el primero de muchos premios internacionales. Hoy, ha llevado sus retablos por casi todo ese país, y ha visitado muchos otros a ambos lados del océano Atlántico. Ese 1985 el gobierno del presidente Belaúnde inició un programa de vivienda-taller en la ciudad satélite de Santa Rosa, en el Callao. 

Eran aproximadamente 80 artesanos beneficiados con esas viviendas-talleres a donde los visitantes extranjeros podrían llegar directamente desde el aeropuerto. En la actualidad, solo quedan tres o cuatro familias del proyecto iniciático. Una de ellas son los Urbano. Sus nietos juegan y Jesús Urbano no se cansa de crear. Las multitudes de seres pequeños lo esperan.