En 52 playas de Lima se estiran sogas y se levantan muros que impiden el ingreso de los visitantes. Ancón es una de ellas. Los residentes alegan que quieren paz y limpieza, los visitantes aceptan con resignación restricciones que la ley prohíbe.
-¿En qué playa veraneas? ¿por qué estás tan rígida? ¿no te quieres tomar un vodka?, le pregunta a la fotógrafa un hombre de pelo ralo y rubio que se le acerca y le toca el hombro muy seguro de sí y sonriente, con un vodka con naranja en la mano, al lado de su amigo, un italiano sesentón que sostiene la misma mezcla para refrescar el mediodía caluroso de un sábado de febrero.
Verónica, la fotógrafa, se pone aún más rígida. Hace un momento la voz rasposa de otro hombre, uno canoso que está sentado en su tumbona, la persigue diciéndole:
-¿Señorita está tomando fotos? Le he dicho que no me tome fotos. Por si acaso, le advierto, si salgo en el periódico, la voy a denunciar…
Verónica no lo ha fotografiado pero el hombre insiste.
Hemos cruzado la soga e ingresado al lado de los “residentes” de la Playa Norte de Ancón. La parcela de arena que un grupo de bañistas ha cercado y lotizado como suya desde que empezó el verano. Los "fundadores" de esta playa de apenas 40 metros de largo son los dueños de los departamentos de los edificios blancos que dan la cara al malecón Ferreyros.
Cada verano los residentes dejan sus casas en Lima y vienen a veranear a esta playa en busca de paz y relajo. Y tal parece que la única forma de conseguirlo es a la fuerza. Por eso han extendido una soga que cerca "su playa" para que no pase nadie que no sea del grupo. Tienen sus razones, aunque saben, pero no reconocen, que lo que hacen es ilegal. No pueden poner un pie en este lado los bañistas que vienen de distintos barrios del cono norte.
Ancón equivale a las playas del sur para los limeños de Puente Piedra, Carabayllo, Comas, Independencia, Los Olivos y San Martín de Porres. Desde aquí, cada fin de semana familias enteras, grupos de amigos y parejas suben por la Panamericana Norte en busca de lo mismo que los dueños de los departamentos de Ancón: paz y relajo.
LÍMITES
La playa de los residentes limita por la derecha con el Yatch Club Ancón, otro club privado. Pero este tiene paredes de bambú, no sogas, y ocupa más que 40 metros. Cierra un largo tramo del malecón y en su puerta principal un cartel advierte que el ingreso es solo para socios y que se restringe el paso de los visitantes. Lo mismo sucede con el Casino Náutico y la Villa de la FAP: puertas con candados, rejas cerradas, muros que llegan hasta la cintura, impiden el paso directo del malecón hacia el mar por largos tramos. Es el “orden de las cosas” en Ancón,“siempre fue así”, dice un comerciante de sombreros de paja, anconero desde los tiempos de Viña del Mar.
Tras la soga de los residentes hay un sinfín de sombrillas color azul, rojo y amarillo que se alquilan a los visitantes por 10 soles. De su lado, los residentes toman el sol bajo sus sombrillas de paja plantadas en la arena marcadas con sus apellidos: Moore, Canaval, Natters. Ellos y ellas conversan, se broncean bajo el sol, beben vodka con naranja. Los encargados de custodiar su tranquilidad son tres chicos de polos celestes que sentados en unas sillas de plástico pegadas a la soga se quemarán bajo el sol hasta las 5 de la tarde, mientras vigilan y prohíben el paso de cualquiera que quiera romper con la paz:
-“Eh… eh… qué haces… no, no. No se puede entrar. Esta es una playa privada”. Así le dicen a los que no son residentes. Los reconocen, saben bien quiénes son los socios de este improvisado club de la soga.
Es tema conocido y harto controversial: la Superintendencia Nacional de Bienes del Estado, de nombre largo, y que ahora salta en titulares, ha dado un dato clave: en 52 playas de Lima el acceso al mar está restringido. O sea, en 52 playas de Lima, desde Ancón hasta Cañete, hay vigilantes como los chicos de polo celeste, hay sogas, carteles y paredes que restringen el paso de un grupo de bañistas frente a quienes otro grupo de bañistas no quiere pasar su día de playa.
LA LEY DEL PEZ GRANDE
-“Es la ley de la selva. A ver intenta pasar por esa puerta”, dice el bañista del vodka con naranja señalando la pared de bambú del Yatch Club.
- A ver anda, trata de pasar. Haz la prueba y si entras, regresas, lo apoya otra señora, ya de edad, que se ha untado bloqueador en los labios.
-Ni nosotros podemos entrar. Aquí la FAP tiene una villa militar y ha cercado la playa. Humala va a veranear allí. ¿Alguien le dice que está mal?, continúa el hombre del vodka.
-¿Cuál es el interés? Vayan a cubrir el Consejo de Ministros, las inversiones… aquí venimos a veranear no más, dice otra señora en bikini.
Así es como la escena de placidez de los bañistas se ha convertido en un pequeño redondel de debate sobre normas de convivencia. Algunos se paran de su tumbona, se acercan e insisten en que esta playa no es privada y se contradicen. Luego alguien añade: "varias playas del Perú están cercadas". Otro nos pide hablar con el representante de la Asociación de Propietarios de Ancón, que, para nuestra mala suerte, ahora no está presente.
-Nosotros somos residentes. La soga es para que haya algo de tranquilidad. No es discriminación, de ninguna manera. Lo hacemos para prevenir robos, debemos protegernos. Esta parte de la playa la limpiamos, la mandamos a rastrillar, la fumigamos.El que se quiera apuntar, que venga, que cotice, que mantenga la playa limpia y será bienvenido.
La actitud de este residente ha sido interpretada por los activistas de los derechos humanos como una muestra de racismo y discriminación. Los vecinos de Ancón alegan que el problema es la basura que dejan los visitantes en la playa, no el color de piel.
Hace un momento una mujer que cargaba un bebé intentó pasar a este lado y los chicos saltaron con su estribillo:“esta-es-zona-privada”. La mujer viene de Zapallal. Parte de su familia, el esposo, los niños, la cuñada y los sobrinos se han quedado frente a la playa de los residentes comiendo el arroz con pollo que han cargado en un par de ollas de acero.
-Vaya allá y fíjese cómo están comiendo, tirando las cosas al piso, continúa otro de los residentes tras sus lentes de sol.
-¿Y si se colocan más tachos?, le preguntamos.
-No solamente tachos, también baños. ¿Dónde cree que la gente se cambia? Se cambian acá, es un acto contra la moral... La parte de allá de la playa es la más amplia, los residentes no tenemos donde bañarnos porque desgraciadamente ellos hacen sus necesidades, comen sus alimentos... La playa termina hecha un muladar cuando se van a las seis de la tarde. Nosotros pagamos impuestos para que la playa esté limpia. Yo te pregunto: si tú vivieras acá, ¿dónde te bañarías?
Son límites imaginarios además de físicos. Los bañistas que vienen de fuera no intentan pasar la soga, ni transgredir la ley que ha impuesto el grupo de las sombrillas de paja.
Van llegando a Playa Norte y nadie pasa la soga ni intenta hacerlo por varias razones.
La primera es que "la playa es privada y no quieren ganarse pleitos". La mayoría piensa que alguien compró esta porción de arena. No conocen que la ley (la N° 26856) dice que los primeros 50 metros de playa es de dominio público, que nadie puede fundar su feudo privado o apropiarse de este espacio. También piensan que la playa cercada es "de los gringos, de la gente con plata y educación" y admiten por eso que la gente de su lado de playa deja basura y ensucia.
- Es que la gente que viene es de pueblo y menos higiénica que la gente de la otra playa, por eso nos ponen la soga, dice con resignación un chico que viene de un asentamiento humano.
Vale este dato: la última vez que Ancón estuvo unido, que visitantes y residentes, gente que trae ollas y gente que toma vodka se unió fue hace tres años cuando la construcción de un gran puerto amenazaba con quitarles la playa, la paz, la tranquilidad y el relajo a todos. No pasó y aún se puede veranear en Ancón.
En la entrada del malecón algún alcalde bien intencionado mandó levantar un monumento de Túpac Amaru y Micaela Bastidas y un busto del novelista José María Arguedas. Señuelos que tratan de convencer a los veraneantes que bajo el sol de Ancón todos son iguales.
Fuente: Juana Gallegos.




